Vida y Obras de Mariano Ospina Pérez por José Alvear Sanín

Auspiciada por la Gobernación de Antioquia circula una nueva edición de esta importante obra publicada por la Academia Antioqueña de Historia.
Prefacio
El siglo de Ospina Pérez

El ingrediente básico en la consecución de la prosperidad es el Estado de Derecho
y la estabilidad política e institucional que .ste sea capaz de fomentar.
Carlos Alberto Montaner

Libertad y orden

Los cien años que nos separan del nacimiento de Mariano Ospina Pérez pueden denominarse como su siglo, porque difícilmente podrá encontrarse una figura más constructiva que la del Presidente de la Unión Nacional en el decurso de la centuria.

El insigne pensador cubano Carlos Alberto Montaner agrega a las palabras anteriormente citadas, el siguiente y certero juicio sobre nuestra patria:

“Cuando, mil veces, me han preguntado por qué Colombia, pese a la guerrilla, al narcoterrorismo y a la crisis económica por la que atraviesa toda América Latina, consigue crecer y desarrollarse, invariablemente respondo que los colombianos, pese a carecer de otros elementos clave en el camino de la creación de riquezas, sí cuentan con uno fundamental: el respeto al Estado de Derecho, y asidos a ese patrimonio han conseguido vencer otros infortunios”.1

El hombre que se inmortalizó el 9 de abril poniendo las instituciones democráticas por encima de cualquier otra consideración, que las sacó indemnes de las ruinas humeantes; de la incitación al golpe militar, considerado necesario por el jefe de su partido y que no las entregó a los jefes del otro, prevalidos del tumulto; actuó en el sentido anotado por Montaner, salvaguardiando ese respeto intangible por la Carta y el Derecho que nos distinguió hasta hace unos pocos meses.

Ese mismo hombre encarnó la tradición nacional, que había hallado forma en el partido conservador, y por esa razón su colectividad le siguió siempre por las rutas institucionales que han hecho posible el asombroso desarrollo del país.

La gran empresa civilizadora del Frente Nacional se edificó sobre las bases trazadas por Ospina en su famosa propuesta del Ejecutivo Plural, de septiembre 14 de 1949, que fue rechazada por ambos partidos, de lo cuál se siguieron incontables males para la república.

Los principios de 1949 acabaron abriéndose paso en los acuerdos que condujeron al Frente Nacional como estructura constitucional permanente, con instituciones peculiares a Colombia como la paridad, la alternación y la participación equitativa en la administración, para la formación de gobiernos nacionales capaces de impulsar un creciente progreso social y económico, garantizando una paz perdurable.

Los del Frente Nacional son los 25 mejores 2 años de Colombia.

El conservatismo, bajo la insuperable guía de Ospina realizó, en unión de las mayorías del liberalismo, una obra prodigiosa, que ahora se demerita con argumentos tan especiosos como falsos.

Con el Frente Nacional Ospina contribuyó decisivamente a la consolidación de un marco político e institucional (“Libertad y Orden”) que fue la razón de ser de toda su larga y fecunda carrera. El conservatismo colombiano fue un partido refractario al populismo hasta la muerte de Ospina Pérez en 1976. El partido era el dique donde se rompían todas las ideas descabelladas, no solamente las de origen comunista, repugnantes por su propia índole materialista y apátrida, sino también las que carecían de la maduración suficiente para incorporarse a los estatutos.

En esta “Vida ejemplar” volveremos una y otra vez sobre el tema del desarrollo nacional, que sin su labor nunca hubiera sido tan extraordinario, porque además de haber sido uno de los principales artífices del marco institucional adecuado, Ospina tiene el mérito especial de ser el organizador, el planificador y el estratega de la industria cafetera que hizo posible la base económica del progreso patrio.

Hasta hace muy pocos años Colombia vivió literalmente del café. El grano nos permitió importar insumos, maquinarias y amortizar el costo de la infraestructura. Lejos de incomodarnos por esa “monoexportación”, como despectivamente la tratan algunos, debemos quererla como a la hermana mayor que educó a los menores. Las nuevas industrias que ahora se asoman al mercado exterior son hijas del café excelso, cuya calidad inigualable se definió por el mismo Gerente que organizó su mercadeo sobre la base de una penetración masiva del mercado norteamericano, el desplazamiento de los granos inferiores y la premisa de una producción siempre creciente, para abastecer la demanda irreprimible por un grano superior.

Sin Federación hubiéramos exportado menos, vendido más barato y la sibilina política de “solidaridad cafetera” se nos hubiera impuesto con toda su implacable peligrosidad.

Una cierta manera de escribir historia

Por eso debemos hablar sobre una cierta manera de escribir la historia, que se ha puesto de moda en los últimos veinte años.

En Colombia falta mucho por hacer y hay mucho qué corregir, como en todas partes. Pero a las nuevas generaciones se les ha enseñado a considerar a su patria como un país paupérrimo, explotado por el imperialismo, dominado por una clase opresora (oligarquía) que chupa la sangre del pueblo, mientras el “aparato represivo” mata, atropella y persigue. En esa óptica la conquista española fue atroz, la religión católica una imposición odiosa, la democracia representativa una farsa, la historia patria una mentira y nuestros estadistas unos asesinos.

En una serie de “facultades” de historia se gradúan anualmente centenares de jóvenes cuya profesión será la enseñanza de la asignatura bajo los postulados anteriores.

Dos o tres catedráticos nacionales y una caterva de “investigadores”, norteamericanos y franceses especialmente,3 producen regularmente libros cortados por la misma tijera. Con acopio de citas de pié de página, se remiten unos a otros para repetir las mismas monsergas en un lenguaje cargado de terminología abstrusa.

Esa producción copiosa deja un sedimento de frustración en la juventud, de rechazo por las instituciones, de desprecio por la religión, generando un clima donde se justifica y exalta la violencia guerrillera, el terrorismo político, el secuestro extorsivo y todas las modalidades delictuales que se ponen al servicio de la “revolución”.

Inclusive una escuela teológica ha sustituido, en el seminario, la teología por la sociología, la filosofía por la dialéctica, la ascética por la sexología y la liturgia por la música pop.

El triunfo, en dos palabras, de Gramsci, porque no sirve el poder si no se domina el pensamiento de las personas y la cultura de las naciones. En Colombia la enseñanza superior está confiscada por un profesorado inculturado en el marxismo, que sigue transmitiendo una ideología sepultada en los países que la padecieron por larguísimos años.

Cada día se sabe más de los increíbles extremos de violencia y terror que impusieron a sus pueblos Lenin y Stalin, de los incontables millones de muertos que exigió la creación del “hombre nuevo”, de la indecible miseria de la vida en los países donde desapareció la libertad para ser sustituida por una burocracia tan incapaz como corrupta.

Sin embargo en nuestra patria seguimos avanzando hacia las soluciones populistas que encontraron en el marxismo‑leninismo su más acabada realización.

Un país violento o un país trabajador

De todas las falacias, repetidas mil veces, por ignorancia o deliberadamente, la más perniciosa resulta ser la de que Colombia es un país violento. Los intelectuales marxistas han acuñado una expresión incongruente, Cultura de la Violencia, para caracterizar al país y se ha organizado una especialidad profesional, los “violentólogos” para orientar a los colombianos.

Durante 500 años América del Sur ha sido el área más pacífica de la humanidad. Aquí no han sucedido guerras de religión, como las que azotaron a Europa dos siglos. Nunca una discusión política originó el terror y la muerte que asolaron a Francia con la Revolución. Ningún Napoleón dejó el país sin juventud, llevando a los muchachos a morir por todo un continente. Ninguna revolución exterminó a los granjeros y mató de hambre un diezmo de la población. Ningún Hitler ha gobernado en nuestro continente.

Pero vienen los profesores extranjeros a dolerse de nuestra “violencia”, a magnificarla en sus cifras, analizándola en doctos estudios para que sintamos perpetua vergüenza. En el capítulo V de ésta obra nos ocupamos de rebatir las exageraciones más comunes y escandalosas sobre el fenómeno de la violencia política, porque no puede tolerarse la falsedad histórica que pretende que nuestra historia ha sido un baño de sangre.

Al contrario, nuestra laboriosa gente ha realizado, apenas en cien años, una de las transformaciones económicas más grandes en la historia, con mínima violencia.

Por desgracia los movimientos guerrilleros comunistas y los grupos terroristas urbanos, con la simpatía y la solidaridad de los nuevos historiadores de la inteligentsia, son los agentes de una creciente violencia que ha hecho mella, pero que no ha logrado detener nuestro progreso.

La paz auténtica, como la de los años del Frente Nacional, es la madre del progreso. La componenda con la subversión jamás será paz.

La decuplicación de la población

Entre 1891 y hoy, la población de Colombia pasó de 3.666.000 habitantes a más de 32 millones.

El país no se ha empobrecido, porque la mayor falacia es pensar que el aumento de la población perjudica el desarrollo, aunque no faltan algunos que preferirían que la conquista no hubiera tenido lugar, en cuya hipótesis nuestro territorio

seguiría habitado por 200 o 300.000 personas debatiéndose en la miseria, la desnutrición y la ignorancia.

El economista J. C. Chesnais ha demolido el mito de que el aumento de la población se traduce en miseria afirmando:

En una coyuntura económica favorable, el crecimiento demográfico es un valioso estimulante del aumento del nivel de vida, tanto al procurar mano de obra para explotar los recursos naturales como al ampliar los mercados necesarios para absorber y hacer rentable una producción en serie. Dicho de otra manera, el crecimiento demográfico puede desempe.ar un papel positivo lo mismo sobre la demanda que sobre la oferta de los agentes económicos.4

Ni más ni menos: Lo que ocurrió con la expansión demográfica subsiguiente ala revolución industrial en Europa, y con el aumento poblacional en los Estados Unidos, ha ocurrido en Colombia. Una población pujante y cada día mejor educada, ha construido un gran país en cien años.

El crecimiento exponencial de la producción y los servicios

Durante el siglo todos los indicativos de la economía colombiana acusan un crecimiento exponencial, que explica el prodigioso mejoramiento de la calidad de nuestra vida.

• En 1891 menos del 6% de los niños asistían a uno o dos años de escuela. Ese año había 99.215 niños matriculados. En 1985 teníamos 3.385.217 en primaria. La población escolar aumentó 34.19 veces.

• La expectativa de vida del colombiano no superaba los 30 años y ahora se acerca a los 70. La mortalidad infantil era espeluznante, mientras ahora alcanzamos tasas comparables a los de muchos país desarrollados.

• A finales del siglo teníamos menos de un egresado universitario por cada 1000 habitantes. Ahora tenemos un profesional por cada 30 habitantes.

• En 1891, cuando nace Ospina, se funda la Empresa de Teléfonos de Medellín para instalar los primeros cien aparatos, mientras en Bogotá se daban pasos similares. En 1937 por primera vez, el Anuario General de estadística se ocupa de ellos para registrar 33.997 en todo el país. En 1985 habíamos llegado a 1.483.386 líneas.

• A finales del siglo no teníamos un solo kilómetro de carretera macadamizada. Un viaje de Medellín a Bogotá tardaba 10 días. De la capital a Barranquilla había dos semanas, según lo establecido por Mac‑Greevy, citado por Poveda. 5 En 1936 llegábamos a los 10.623 kilómetros de carreteras y en 1976,a la muerte de Ospina, alcanzábamos los 68.527.

• Progresos superiores se pueden anotar en agua potable, inexistente en 1891 y energía eléctrica, desconocida también.

• De pocos artesanos a principios de siglo, el país pasó a tener 28.000 obreros en 1936. En 1985 teníamos 446.771 obreros industriales.

Para no alargarnos con más indicativos, todos igualmente positivos, analicemos el crecimiento del producto interno, que los resume todos.

El producto interno

Todo lo que conocemos sobre los últimos años del siglo xix y los primeros del presente, nos da la idea de un retardo inmenso y de un abismo en relación a Europa y los Estados Unidos, que por aquellos años estaban cruzados por ferrocarriles y carreteras, unidos por telégrafos y telefonía a larga distancia. Trayectos como Barranquilla‑Bogotá ya se vencían en los países del hemisferio norte en un día.

En 1891 Colombia no estaba mejor que Haití, Gabón o Nigeria y, en muchos aspectos, por debajo de la India y la China.

Basándose en Francisco Javier Vergara, los escritores marxistas Jorge Villegas y José Yunis nos informan que la “riqueza total de la nación apenas alcanza a 440 millones de pesos… dividiendo la riqueza por el número de habitantes, da una riqueza promedio por habitante de noventa pesos”.6

A pesar de lo primitivo del método, propio de la época, es una apreciación razonable. Podríamos decir que Ospina Pérez nació en un país con un ingreso de setenta dólares pér cápita, porque la tasa de ese tiempo era de 0.7771.

En términos corrientes, entre 1891 y hoy, nuestro Producto Nacional Bruto a pasado de doscientos cincuenta y dos millones de dólares a cuarenta y nueve mil millones, mientras el ingreso pér cápita ha subido de setenta, a mil quinientos dólares, multiplicándose 21 veces. Lo anterior significa una realización económica de la mayor importancia, pero para no caer en conclusiones simplistas,

lo mejor es calificar nuestro desarrollo de acuerdo a los criterios del indice de

Desarrollo Humano, que viene refinando el United Nations Development Programme, para comparar lo alcanzado por los países de manera ponderada.

El índice de desarrollo humano mide la esperanza de vida, el grado de instrucción y el poder adquisitivo de los diferentes países. Refleja tanto bienestar como riqueza. Como los canadienses viven más que los estadinenses, Canadá aparece encima de los Estados Unidos. Como las naciones árabes no educan bien a sus pueblos, son rebajadas en el IDH, a pesar de sus enormes ingresos monetarios.

Pues bien, el Indice de Desarrollo Humano arranca de Níger (Esperanza de vida:

45 años; 83% de analfabetismo y Us$452.00 de GNP) hasta el Japón (78 años de esperanza de vida, menos del 1% de analfabetismo y Us$14.000 de GNP).

En un extremo están los países donde la vida era como la nuestra hace cien años y en el otro las sociedades más prósperas de la historia.

En el índice de Desarrollo Humano, Colombia únicamente es superada por Japón, Europa Occidental, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelandia, Israel, Corea del Sur, Costa Rica, Venezuela, México, Uruguay y Kuwait, adelantándonos a 86 países, de los 130 analizados. En cien años nos hemos colocado inmediatamente después de los países desarrollados, mientras nuestros profesores universitarios nos vienen pintando una miseria increíble y una injusticia social flagrante.

Solamente Japón, Corea del Sur, Costa Rica y quizá Venezuela, han tenido un comportamiento mejor que el nuestro durante los últimos cien años.

Democracia versus comunismo

Sí hay mucho por hacer y mucho por cambiar. Con los inmensos recursos humanos

y naturales del país estamos llamados a un futuro esplendoroso.

Pero para alcanzar ese futuro que merecemos, tenemos que seguir por los cauces históricos que demostraron tan sin igual eficacia: El modelo de “Libertad y Orden” que une a los colombianos.

Sin preocuparse jamás por los calificativos que se arrojaban contra los enemigos del comunismo, que iban desde reaccionario hasta fascista, el conservatismo colombiano, bajo Ospina Pérez, fue siempre el dique contra el que se estrellaba la acción subversiva de esa ideología totalitaria.

La razón de ser del conservatismo, hasta épocas recientes, fue la defensa de las instituciones democráticas y representativas, mediante una acción vigilante del Estado, rechazando toda componenda o confraternización con el enemigo.

Por tal razón Colombia no se alejó de la buena vía de “Libertad y Orden”, síntesis perfecta de los ideales democráticos, que hallan su basamento indestructible en la doctrina cristiana, garante de la dignidad del hombre.

La otra vía, por lo menos hasta el colapso reciente del comunismo, es la propiciada por la inteligentsiamarxista de cuya vanguardia son los nuevos “historiadores”.

Remitimos al lector a un libro de extrema izquierda, El Terror bajo Lenin, de Jacques Baynac, donde se recogen únicamente estudios de escritores anarquistas7 para valorar mejor al anticomunismo radical de Ospina Pérez.

Con Baynac nos limitaremos a comparar la Rusia zarista con los breves años de Lenin en el poder, lo que nos exime de avanzar en la historia infame posterior, que Stalin, Mao, los Viet‑Cong y los Khmer Rojos escribieron con sangre.

Según distintas fuentes, como la revista Bylei, Kowalewski, Trotski y Solyenitsin, entre 1826 y 1917 hubo cerca de 20.000 ejecuciones en Rusia, por motivos políticos, lo que es, desde luego, reprobable, significando 219 ejecuciones por año, en promedio.

A continuación Baynac, basado en escritores comunistas como Ellenstein, en demócratas como Barron y Sorolea y en publicaciones de los exiliados rusos, establece la cifra de 1’776.737 ejecuciones para el primer quinquenio bolchevique, unas 355.000 anuales.

!Con cuanta razón nos apartaron del sendero comunista!

La inspiración cristiana

El gobierno de Ospina fue de grandes avances sociales como lo indican el establecimiento del Seguro Social; la regulación, la modernización y ampliación de las principales prestaciones sociales, a través del Código Sustantivo del Trabajo; la iniciación de los programas de reforma agraria; la elevación de la tributación a las grandes rentas; el establecimiento de los mecanismos de planeación económica que nos abrieron las fuentes de crédito para la construcción de la infraestructura; la prioridad a la educación femenina; la fundación del ICETEX para financiar la especialización de los nuevos profesionales.

Es necesario anotar que todas esas realizaciones se inscriben en una línea consecuente de conducta, que encuentra siempre su inspiración en la doctrina social católica, que sitúa al hombre como beneficiario del desarrollo económico.

El conservatismo colombiano nunca embarcó al país en gigantescos gastos militares. Ese estado “represivo” de las oligarquías prácticamente carecía de policía, detectivismo y ejército. Por eso estamos ahora a merced de la aventura subversiva, del terrorismo asesino y de la criminalidad rampante.

El gasto militar colombiano es bajísimo. A pesar de los esfuerzos recientes que se hacen inevitables por la actividad subversiva.

Todo lo anterior hay que dejarlo bien en claro, porque no aceptamos esa “manera de escribir la historia” bajo esquemas preconcebidos y marcos rígidos, para la adoctrinación de los inocentes que llegan a la universidad.

Los nuevos “historiadores” y la obra de Ospina

Ningún hecho permite afirmaciones en el sentido de ser Ospina “partidario de utilizar la religión como instrumento político de dominación” y “que llevó las técnicas fundamentales de la administración mezcladas con las encíclicas, para reforzar los fundamentos del poder económico”, o que la “dominación de clase históricamente aparece sustentada por la actuación individual de tres presidentes, que representativamente han logrado incorporar los valores materiales y culturales de su clase social (élite, oligarquía, burguesía industrial) a la organización del Estado Político…”8

Lo anterior es vana fraseología de sociólogos, pero Álvaro Tirado Mejía, en un digesto 9 que funge en todas las universidades, dice que “la represión laboral la había comenzado Alberto Lleras Camargo… y Mariano Ospina Pérez a nombre del partido conservador, no hizo más que continuarla y acrecentarla. La violencia oficial se extendió por el campo y miles de campesinos volvieron a pagar el tributo de sangre de nuestras contiendas…” lo que le permite saltar a la afirmación de los 300.000 muertos de la violencia, que se repite en todos los historiadores de esa tendencia, sin ninguna prueba documental.

Catalina Reyes escribió, para titularse de historiadora, su “Síntesis Política del Gobierno de Unión Nacional”, en la facultad correspondiente de la U.N. en 1985. La premisa de la tesis es que la “hegemonía conservadora aumentó la violencia y por eso el panorama de la gestión económica y administrativa del gobierno de Ospina es secundario”. A continuación dice: “Fue Mariano Ospina a quien correspondió dar los primeros pasos para transformar el Estado mediador y relativamente democrático creado por los gobiernos.

Luego: “durante los dos primeros años de gobierno de Ospina se adelantaron pocas gestiones administrativas de tipo social. Una de las más importantes fue la creación del ICSS”, lo que no le impide citar, a renglón seguido, el impulso dado al ICT, el suministro de calzado y overoles, la creación de la prima de servicios, la defensa de la Flota Mercante frente a las presiones de los Estados Unidos, el decreto 1483 que organizó el Instituto de Parcelación, Colonización y Defensa  Forestal, la sobretasa a las grandes rentas y la doble tributación en las anónimas…

Para sacar avante su tesis, en la página 38 la señorita Reyes nos cuenta que:10

El pueblo sufrió un drástico deterioro en sus condiciones de vida al tener que sobrellevar sobre su espalda toda la carga económica de un proceso de industrialización monopolista en un pa.s dependiente.

Lo anterior se debe ser toda la verdad, porque la flamante “historiadora”, a renglón seguido, con datos de la CEPAL nos dice que durante ese gobierno los efectivos de la industria aumentaron en 36.000 obreros y la inversión bruta industrial, “cuyo promedio anual entre 1940 y 1946 era de 72 millones de pesos, había subido a un promedio anual, entre 1946 y 1950, de 254 millones de pesos”.

Uno creería, ignorante como es, que el crecimiento de la industria, con su secuela inevitable de mayor ocupación, sustitución de importaciones y aumento de los ingresos fiscales, pago de salarios, generación de empleo indirecto e incremento del producto bruto no debe perjudicar al pueblo. El cuatrienio que registró el mayor crecimiento en la historia industrial de Colombia no puede ser descrito con colores tan negativos, a menos que haya un propósito en la línea Gramsciana.11

No insistamos en las lamentables contradicciones a que conduce estudiar la historia prejuiciadamente, para ponerla al servicio de la indoctrinación política.Pero la superficialidad, la pedantería, el maniqueísmo, el sectarismo y el apriorismo con que los miembros de la “escuela imperada” manosean nuestra historia deben cesar.

La dimensión heroica

Hombres como Mariano Ospina Pérez y los demás que pasan por las páginas de ésta obra, fueron grandes ciudadanos, forjadores del país y conductores respetables de Colombia. Una vez pasen las modas y se decanten los fenómenos políticos que permiten a escritores inmaduros “reescribir” una historia que no conocen, los jóvenes encontrarán motivo de inspiración en personajes como el héroe de ésta breve biografía.

Héroe es el mejor calificativo que corresponde a Mariano Ospina Pérez, en el sentido perenne que dio a esa palabra Carlyle, porque “la historia universal, lo realizado por el hombre aquí abajo es, en el fondo, la historia de los grandes hombres que aquí laboraron”.

A Ospina gigante del trabajo, caben pues las palabras que siguen del pensador escocés, si queremos entender su perdurable influencia:

Los grandes capitanes modelaron la vida general, ejemplos vivos y creadores en vasto sentido de cuanto la masa humana procuró alcanzar o llevar a cabo. Todo lo que vemos cumplido y atrae nuestra atención es el resultado material y externo, la realización práctica, la forma corpórea, el pensamiento materializado de los grandes hombres.12


1. Montaner, Carlos Alberto. La agonía de América Latina / Carlos Alberto Montaner. Instituto de Ciencia Política. ‑ Bogotá. – 1990; p. 25

2. Consideramos que la vigencia real del Frente Nacional se extiende de 1957 a 1982 (N. del A.)

3. Sin embargo hay excelentes trabajos extranjeros sobre nuestro devenir. Escritores sin prejuicios políticos como Roger Brew, Frank Safford y James Parsons han hecho contribuciones fundamentales para la debida comprensión de nuestra historia (N. del A.)

4. Chesnais, Jean‑Claude. La revancha del Tercer Mundo / Jean‑Claude Chesnais. ‑ Barcelona: Planeta, 1988. ‑ p. 25

5 Poveda Ramos, Gabriel. Dos siglos de historia económica de Antioquia / Gabriel Poveda Ramos. ‑ Medellín: Biblioteca Pro Antioquia, 1979. ‑ p. 120

6 Villegas, Jorge. La guerra de los mil días / Jorge Villegas y José Yunis. ‑ Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1978. ‑  p. 13

7. La obra recomendada es: El terror bajo Lenin / Jacques Baynac. ‑‑ Barcelona,

8 Ramírez, Ernesto. Poder económico y dominación política: el caso de la familia Ospina / Ernesto Ramírez. ‑‑ Bogotá: Universidad Nacional, 1983. ‑‑ p. 72

9 Tirado Mejía, Álvaro. Introducción a la historia económica de Colombia / Álvaro Tirado Mejía. ‑‑ 18 ed. ‑‑ Bogotá: El Ancora, 1988. ‑‑ p. 324

10 REYES, Catalina. Síntesis política del gobierno de Unión Nacional / Catalina Reyes. ‑‑ Bogotá: Universidad Nacional, 1985. ‑‑ p. 12‑17

11. Ese mismo tratamiento, aunque edulcorado, lo repite la señorita Reyes en la Nueva Historia de Colombia, citología en varios tomos, escrita a muchas manos, pero de la misma “escuela”, publicada por Planeta, Bogotá, 1989. En el capítulo I, del tomo II, Catalina Reyes se ocupa del gobierno de Mariano Ospina con igual superficialidad, cuatro años después de su tesis académica. (N. del A.)

12. Por lo tanto en esta “Vida ejemplar” no nos vamos a referir a la fecunda vida privada de Mariano Ospina Pérez, limitando nuestro trabajo a su actividad política, de donde surge su dimensión heroica.
Como hombre de empresa Ospina Pérez también sirvió eficazmente a Colombia, primero en los negocios familiares. Fue fugazmente gerente de una fábrica de cigarrillos. Sembró fincas. Crió ganados. Fundó el periódico “La República” (13 de junio de 1954) y como urbanizador contribuyó al desarrollo de Bogotá (OSPINAS y CIA., S.A.) (N. del A.)