Óscar Domínguez Giraldo, Conferencia en la Casa de la Cultura de Envigado
Ni envigadeño ni escritor pero..
Oscar Domínguez Giraldo*
Envigado 2 de agosto de 2003
Muy agradecidos con las escasas veinte personas que nos prefirieron a los 7.500 caballistas que a esta hora se toman las calles de la ciudad. Muchas gracias al Centro Cultural “Stultifera navis”, La Nave de los Locos, por su sensata (¿¡) invitación a compartir con ustedes algunas experiencias vividas. En este contexto, en los próximos minutos me propongo demostrar que si no soy envigadeño ni escritor, por lo menos he venido haciendo el cursillo en ambos campos. Entonces vamos por partes, como diría Jack el Destripador.
El fallecido maestro Alejo Durán solía repetir que uno es de donde lo quieren. De mi cosecha, agregaría que también somos de donde amamos. Chicaniando un poco, y con la ilusión de no ser rectificado, “sospecho” que aquí en Envigado “todavía” me quieren mis padres, jóvenes octogenarios ellos, me quieren mis hermanos, los buenos amigos y amigas que he hecho y uno que otro “enemigo” – aunque sólo me doy el lujo de aceptarlos en el juego del ajedrez-.
Muchos sostienen que la verdadera patria es la infancia. A riesgo de que me desmientan, diría por mi cuenta y riesgo que también lo son la adolescencia, la adultez, la vejez entre otras yerbas que produce la edad. Claro que en mi caso la patria grande, la madre patria, diría que es la nostalgia. Y muchos de mis nostalgias de adolescente, de adulto, y ahora de sujeto que empieza a respirarle en la nuca a los sesenta, las he coleccionado en Envigado.
No en vano aquí fui regular estudiante en el Colegio La Salle y más regular aún en el Manuel Uribe Ángel, el célebre MÚA, el único colegio que conozco que lleva en su sigla la onomatopeya del beso. Sólo le falta la tilde en la a para que podamos decir muá.
Fui alumno en estos centros después de haber intentado en vano hacer completo el cursillo para papa que inicié con los agustinos recoletos en Manizales. ¡Qué mal Papa se ahorró la cristiandad!
Como domador del circo de mi vida, he logrado adiestrar mi memoria para recordar solo lo bueno, incluídos mis profesores de literatura. Por eso no tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar a Alfredo Vanegas quien, en La Salle, nos halagaba a sus pupilos recitando en clase o en algún relajado recreo, trozos de algún texto nuestro, con ínfulas literarias, que le había llamado la atención.
A quienes tenemos la vanidad por cárcel, esa coba del profesor de literatura, o preceptiva literaria, como creo que se llamaba la materia, nos subía la moral hasta el punto de que con tales elogios nos autoproclamábamos aspirantes al Nobel de Literatura. Si no nos lo ganamos finalmente, peor (¿!) para el Nobel.
Los profesores de filosofía, con don Filiberto Agudelo a la cabeza, nos enseñaban tolerancia a través de frases como ésta: Cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas. Y don Oscar, el Gatico, profesor de física, trataba de explicarnos la ley de la inercia a partir del juego del billar, con tanto éxito que finalmente muchos aprendimos a jugar billar, pero nunca aprobamos física. Todavía debo física, química y trigonometría de sexto.
El Nocturno de bachillerato, situado a un costado de la plaza, diagonal a la Ceiba convertida poco a poco en obra de arte por un maestro que sigue tallando en madera parte de la historia de Envigado, ese Nocturno era todo un hervidero de gente, de vida, de amores posibles e imposibles, de ires y venires.

TIERRA FERTIL PARA LOS AMIGOS
Envigado ha sido un eterno productor de buenos amigos, que son libros siempre abiertos en primera página. Con la mayor parte de esos amigos hechos aquí apenas sí me he vuelto a ver en los recovecos en que nos ha colocado el azar. Sospechamos que existimos y nos alegramos a distancia de que a cada uno le haya ido bien hasta el punto de que ninguno ha tenido cuentas pendientes con la justicia…. salvo uno que otro canazo de menor cuantía por algún escandalillo etílico en la vía pública.
Van en riguroso desdorden alfabético:
Uribe: Era el reposado mecenas de la muchachada. Nos aconsejaba para que no se nos fuera la mano en vida. Hizo las veces de siquiatra del grupo, sin sofá. A la hora de enamorar pipiolas (muchachas), nos llevaba de ventaja a Elvis Presley y a Bill Halley y sus cometas. También nos aventajaba en bluyines Lee que él lucía, nosotros no. Abstemio total de trago y cigarrillo. Nunca de mujeres. En momentos de vacas flacas económicas, era nuestro Banco de la República.
Muñoz: Bueno como el pan. Nunca le conocimos lapsus contra la amistad. No solo es de los que acompaña a sus amigos hasta el cadalso. Se ahorca con ellos. Es creador de sonrientes metáforas filosófico-literarias. Andando con él, no teníamos que pagar por tomar trago en el Bar Montecristo, de Junín con Maturín, de propiedad de su tío, Pedro Nel, “Menuda”. En vez de hacerles a las meseras propuestas horizontales, las aconsejábamos para que regresaran a casita. Con ese cuento, casi no perdemos la virginidad. Fumador arrepentido y billarista perpetuo, enamoraba a las hermanas de sus amigos, a nuestras espaldas. Nunca hizo como tahúr del café Libertador, lo que no pudiera repetir como caballero.
Jairo: El “Candelo”, cerebro fugado a Usa, es una rumba permanente. Se podía confiar en él como en una paloma. No inventó la alegría, la sonrisa, el empuje ni el optimismo, pero les dio estatus a estos sentimientos. Para mantenerse aliviada, su familia siempre vivió cerca de médicos prestantes como el doctor Restrepo Molina. Nos unían bambucos y boleros y los versos de su pariente, Santiago “El Caratejo” Vélez, de Titiribí. Para tener con quien hablar en el bus de ida y regreso a casa, nos enamorábamos de hermanas que fueran bellas.
Ramiro: Tan buen amigo que terminaba enamorando nuestras novias. Hasta que Miriam, muchacha de Robledo, le puso el freno de mano. Íntegro, ético, nunca se dio licencias que desdijeran de su condición de hombre de bien. Se puede contar con él, no hasta tres, como en el verso de Benedetti, sino hasta tres mil. Trabajador incansable, es coleccionista de bypass. Nos unían los tangos de los bares del viejo Guayaquil. Después del cuarto trago, el abuelo Parra reencarna en Oscar Larroca.
Víctor: El papá de la bella Sarita, su arma secreta, exmarido de Rocío, la hija del loco Mejía, de Pereira, siempre fue generoso con lo que tenía y con lo que le hacía falta. Éramos tan amigos que nos enamorábamos de las mismas muchachas. Nuestro himno nacional era Satisfaction, de los Rolling Stones. Nos hacían vale en Tenche (Belén) y en el barrio Buga, de Envigado. Para rendirles tributo al amor y a la amistad fabrica eróticas camas y muelles sillas. Con Escobar jugué las más bellas e intensas partidas de ajedrez. No nos importaba del lado de quien estuviera el triunfo o el revés. Encarnaba el escasísimo milésimo hombre del que habló Kipling para cantar la llegada del verdadero amigo. Vive en estado de septiembre perpetuo. Mis amigos y amigas son septiembres que caminan.
PRIMERAS LETRAS
Los seres humanos somos periodistas, escritores, narradores por naturaleza, mientras no se demuestre lo contrario. El niño nace y en cuestión de segundos ya está editorializando, presentando pliegos de peticiones con sus berridos, exigiendo algo. Lo que sucede es que no todos optamos por la palabra como modus comiendi. A Simón González, jefe de relaciones públicas de las barracudas del mar Caribe, le oí decir una noche a cero metros sobre el nivel del mar de San Andrés que los niños son poetas hasta que les enseñan a leer…
Mis segundas o terceras letras periodístico-literarias las hice no solo en los colegios envigadeños mencionados, La Salle y el MÚA. Como activista que fui del célebre andén de Envigado, los domingos, mientras esperábamos la salida de las muchachas de misa de doce de la Iglesia de San Gertrudis, recién bañadas, olorosas y regañadas por mi paisano el padre Pablo Villegas.
No faltaba la cháchara literaria en esos diálogos. Y el diálogo, según Borges, “es un género literario, una forma indirecta de escribir”. Con frecuencia en algunos de esos diálogos nos encontramos con la sorpresa de magníficos narradores-conversadores. Tan buenos que uno agadece a nombre del gremio que no hayan seguido el camino del periodismo o de la literatura porque alguno de nosotros estaría sobrando…
Los dueños de los periódicos han tomado tan al pie de la letra lo dicho por Borges que poco a poco van ampliando el espacio destinado a las cartas de los lectores. Suelen encontrarse allí, medio perdidos, comentarios tan sensatos y bien escritos que a uno lo asalta el demonio de la envidia.
Sin mayores ínfulas, los mayores de la mesa – y los que pagaban la cuenta de los tamarindo Luz los domingos a la salida de misa, el anfitrión siempre tiene la razón- nos echaban el rollo a los de abajo que chorreábamos la baba escuchándolos. Entre la muchacha pispa que ya pasó y la otra que llega, esas chácharas del domingo, o de cualquer día de la semana, iban dejando su semilla.
VIVIR EN LA PALABRA
Si algo distingue a la gente hecha en Envigado, además de ser caminantes empedernidos, es su calidad de conversadores, o sea, de personas que escriben en voz alta. Por regla general, un envigadeño no solo se sienta en la palabra: se va a vivir en ella.
Uno de los contertulios aventajados de cuyo nombre no debo acordarme, solía madrugar los domingos al centro de Medellín donde se leía de pe a pa los magazines literarios de El Tiempo y El Espectador. Como tenía excelente memoria, agarraba las teorías más importantes, se adueñaba de las metáforas de los escritores y poetas – los versos no son del dueño sino del que los necesita, dice un personaje de la película El Cartero-, y luego nos las repetía como propias en las mesas de la heladería Mi Casa, en La Macarena o en La Puerta del Sol.
El andén, pues, era sitio obligado para buscar amores y para alborotar inquietudes literarias. Ahora hay otros foros como este Centro Cultural con nombre en latín para evadir alguna censura, y quien sabe cuántos sitios más, de algunos de los cuales ni siquiera se tiene noticia porque sus militantes prefieren el enriquecedor anonimato.
Otros sitios obligados de encuentro etílico-erótico-social-literario eran lugares como el Bar La Yuca, de los Mesa, y la tienda de Tatán, que quedaban diagonal al bar Las Nieves. Para no mencionar esa primera escuela que es nuestra propia casa donde tantas cosas se deciden entre el desayuno que ya pasó y la comida que llega.
El cine doble ocurría los domingos en el Teatro Colombia. En ese teatro empezamos a descubrir el paisaje femenino en películas francesas para mayores de 21 años. O prohibidas para todo católico. Está claro que nos guiábamos por esa clasificación moral que publicaba El Colombiano para definir las películas que veríamos. El padre Humberto Bronx tiraba línea religiosa en algunos de sus libros. Y tiraba línea sexual por ahí derecho.
Así, como quien no quiere la cosa y la cosa queriendo, en esas tertulias se iban inoculando los distintos virus de las que serían nuestras actividades cuando nos llegara el implacable y aburridor oficio de ser adultos hartos, como los que se mienta en El Principito, de Saint- Exupéry. Poco a poco veíamos cómo la utopía infantil de Peter Pan de no crecer nunca se iba a pique.
Felizmente, no todos tomaron el camino de las letras, como lo decimos con cierta prepotencia quienes nos ganamos el pan con el sudor de la lengua en sus acepciones de periodismo, literatura, filosofía o yerbas afines. No sólo de hombres de palabra vive un país. De esa culecada envigadeña de la que he venido hablando los ha habido comerciantes, ingenieros, abogados, economistas, tahúres, empresarios, zares de la moda, químicos puros e impuros, historiadores, congresistas, administradores de empresa. Otros agarraron lo que se denomina eufemísticamente el camino del dinero fácil. En fin, todo lo que produce la viña del Señor se ha dado siempre en este Envigado.

Maestro Fernando González con Alfredo Vanegas
COMPARTIR CON EL MAESTRO
Ahora bien: la apoteosis de quienes cometíamos la audacia de ser jóvenes, era “compartir” parroquia con el maestro Fernando González. Digo compartir, entre comillas, porque con el maestro no dialogaba el que quería sino el que podía. Nosotros creo que ni queríamos ni podíamos. Tampoco dábamos la talla. Andábamos despreocupados, como si la cosa no fuera con nosotros. Pero empezábamos a saber de él y nos íbamos a dormir más tranquilos, con la hoja de vida mejorada, cuando lo veíamos caminar por la calle debajo de su boina vasca y apoyado en su infaltable bastón de caminante.
Entre la muchachada nos pasábamos el dato de que el maestro estaba tomando Clarita Pilsen, en el bar Georgia, del barrio La Magnolia. Porcierto, los meseros, como mi cuñado el poeta William Jaramillo (porque aquí en Envigado consiguieron muy buenos maridos mis hermanas pero ellos también quedaron muy bien matrimoniados), tenían esta instrucción de sus dueños: Ni se les ocurra cobrarle al maestro. Ahora, si paga, es es otro cantar.
Ese despertar a Fernando González, filósofo, escritor, panfletista, poeta, periodista, ensayista, sociólogo, humorista…, se iba complementando a medida que empezábamos a leer con cierta timidez y no poca prevención sus libros en la Biblioteca José Félix de Restrepo que hace tiempos se salió del cuero del pequeño edificio original que era para trastearse a su sede actual. Su estilo inconfundible, su lenguaje rico en imágenes, con metáforas contundentes como un nocáut para despertar conciencias, sacudía la existencia de la parroquia colombiana.
El maestro Fernando sigue y seguirá siendo guía. Lo que pasa es que no es fácil seguir los derroteros de integridad y entrega que supone su pensamiento. Leer a González y seguir siendo iguales es una bobada. Pero ahí vamos aprendiendo. Del ahogado el sombrero.
Por fortuna, no sólo la Casa- Museo Otraparte sino un portal de internet nos recuerdan día y noche su existencia. Al frente de la Casa y del portal está mi “sobrino.com” Gustavo Restrepo. O sea que hay guardián en la heredad.
AJEDREZ Y LITERATURA
Esos tímidos coqueteos literarios con ínfulas filosóficas que algo iban dejando, se complementaban con otra actividad que en Envigado nunca se ha dado tregua: el ajedrez. El maestro Jaime Ossaba, tipógrafo y dueño de prendería, llevaba la voz cantante en esta materia. La consagración para quienes nos iniciábamos en ese esperanto de la imaginación que es el ajedrez, era ser invitados por Ossaba al interior de su prendería a jugar contra él. Claro que primero había que ayudarle a liquidar el crucigrama de MAC en El Espectador. Al fin y al cabo, un crucigrama no es otra cosa que ajedrez con palabras.
Como la envidia es mejor provocarla que sentirla, permítanme confesar el pecado de vanidad de informarles que este servidor de tintos fue campeón de ajedrez de Envigado, en tiempos del Negro José Calle, trompetista de la banda municipal, siempre de negro y de sombrero hasta los pies vestido, de Ossaba y de Noe Zuleta, el del Arca, que ahora ocupa el lugar del viejo café Victoria, otro ícono del Envigado de antes.
Creo que no sobra recordar que al ajedrez le debe García Márquez su primera gran triunfo literario según nos lo recuerda en sus memorias noveladas. Con la venia de la sala sentaría la “jurisprudencia” de que donde hay ajedrez hay literatura. No impunemente, una pieza literaria, según lo anota Truman Capote en el prólogo de su libro Música para Camaleones, consta de comienzo, medio y final. Una partida de ajedrez tiene idéntica estructura, según el pianista vienés Badura Skoda. “Jugué con Philidor a los escaques, en escaques soy ducho y en las damas un hacha”, dice un poema de León de Greiff, musical como él solo. (Para variar, la música tiene la estructura del ajedrez y de la pieza literaria).
Además del maestro Ossaba, otro envigadeño de toda la cayana ejercía su magisterio ajedrecístico. Me refiero a Gilberto Alvarez, ya fallecido, a quien llamábamos el Uno, no sólo por su calidad y calidez humanas, sino por ser el primero en ser llamado a lista en el colegio.
Digamos para resumir esta primera parte, que en este contexto vivíamos los envigadeños raizales y los infiltrados o forasteros de hace unas tres décadas larguitas. Muchos de ustedes ni siquiera figuraban en los planes de papá y mamá.
El Envigado que me tocó vivir, padecer, disfrutar era más o menos este del que he estado hablando. Era todavía un híbrido de ciudad con atisbos de pueblo. Ahora como que se ha despojado de sus arrestos de pueblo y se ha propuesto ser ciudad únicamente. No hay cama para tanta gente. Los edificios ya ni siquiera dejan ver el bosque. Sobre todo los del parque. Claro que no incurriré en la ligereza de decir que todo tiempo pasado fue mejor. Quién sabe qué cosas ricas nos estamos perdiendo de este Envigado de hoy los que vivimos bajo otros semáforos.
En el campo humano, difícil encontrar un pueblo, perdón, una ciudad, donde haya tanta actividad, tanta vida. Aquí se mueve de todo. A quienes han empezado a darnos el codazo generacional, no los conocemos. Pero están ahí, con las mismas inquietudes y angustias y ganas de quienes los antecedimos por estas calles. Levantando sus vidas sobre sus sueños e insomnios.
LA VIDA TE DA SORPRESAS
En ese Envigado cuasi parroquial, reposado, pero lleno de expectativas, un buen días nos tocó dejarnos de pendejadas y decidir nuestros rumbos. Yo no sabía qué hacer con mi vida. La vida tampoco sabía qué hacer conmigo. A eso se le llamaba angustia existencial.
Fue entonces cuando en compañía de otros soñadores como Víctor, Fabio, el Mono Flórez y su primo Rafael Uribe, decidimos abandonar nuestros “altos estudios” de bachillerato para medírnosle a la plaza de Bogotá. Hubo despedida grande en el Andén porque varios de sus integrantes se pisaban, se abrían del parche, el marco de la plaza les quedaba chiquito. Quedamos de regresar sólo cuanto tuviéramos plata para invitar a todo el mundo a tomar trago en las heladerías del Parque.
Los hechos se encargaron de demostrarnos que éramos buche y plumas nada más porque en menos de un mes, todos estábamos de regreso al hotel mamá, cerca de las piedras del fogón: nos derrotaron el frío bogotano, la mamitis y la falta de papeles. Todos tuvimos que barajar y dar de nuevo.
Pero, sorpresas te da la vida, para decirlo con Pedro Navajas: a la segunda va la vencida y algunos hicimos un nuevo intento para tomarnos Bogotá: con todo lo que habíamos aprendido en Envigado y sobre todo con todo lo que ignorábamos, hicimos una nueva intentona y finalmente, tal fue mi caso, desembarqué en avión de Aerocóndor y me alquilé de patinador, o sea de mensajero de redacción en el Noticiero Todelar, en el centro de Bogotá.
En Bogotá, me brindó su hospitalidad otro envigadeño grande, don Alvaro Vasco Reyes, gourmet-gourmand mayor de La Magnolia, ya fallecido. Me enseñó a torear el frío bogotano, compartió conmigo el pan de su mesa y me consiguió puesto: 800 pesos mensuales en el noble oficio de patinador. En su restaurante Frutalia, de la calle 22 con carrera 8ª. nos reuníamos muchos antioqueños a triturar nostalgias y a evocar fulanos y fulanas que nos eran gratos.
Cuando le dije adiós a las ceibas del parque de Envigado, no veía nada claro. Sólo tenía en mi hoja de vida un fracaso como pichón de papa y algunas pretensiones literarias que se habían expresado en el único poema que he escrito en la vida. Estaba dirigido “contra” mi primera novia a la que le regalé un tarro de Polvo Flores de Niza en sus quince años. Cada estrofa terminaba con el siguiente estribillo: “Te querré, niña, morirás amada”. Pero mi novia no quería morir, sino vivir de amor. Entonces me sacó tarjeta roja y volé de su corazón. Y las musas de la poesía se fueron para otra parte.
En mi maletín de viajero llevaba también tres o cuatro semestres de periodismo hechos en la Universidad de Antioquia, en la entonces llamada Escuela de Periodismo, que dirigía don Alfonso Lopera, ex director de El Obrero Católico, algo así como L’Osservatore Romano de los paisas. De esos semestres de periodismo sólo había aprobado con tres raspao las clases de literatura, más por generosidad de mi profesor, el poeta Elkin Restrepo, que por virtudes mías.
VIVIR EN PERIODO DE PRUEBA
¿Por qué opté por la vía del periodismo? La respuesta es pilada: porque descubrí que no servía para nada más. No me veía en otros destinos como los de banquero, carterista, matemático puro, empresario, astrónomo, presidente de la república, alcalde de la ciudad de hierro, o alcalde de Envigado, plomero, o inspector de zócalos.
De pronto me sonaban oficios como titiritero, prestidigitador, saltimbanqui, mimo, actividades que tienen incorporada la i de la alegría en sus nombres. Porque debo confesar, muy pasito, y que no salga de nosotros, que la alegría en sus distintas manifestaciones ha sido en gran parte la materia prima del periodismo que me ha tocado ejercer y que procuro reflejar en mis crónicas, sobre todo en los últimos tiempos. Y si por hacer lo que me gusta, me pagan, tanto mejor.
A esas alturas del partido de mí vida, creo que tomé la decisión correcta. El periodismo es un oficio para vivir en período de prueba.. Lo obliga a uno a nacer todos los días. Así es de exigente. El periodismo me ha dado de todo, menos premios o plata, y ese es otro de sus encantos. Y como Dios hace las cosas bien, como el Carvajal el de la cuña, he disfrutado de la mejor de las riquezas: nunca me ha faltado ni sobrado nada. Además, considero que la plata me la han dado en gente.
El salario en especie lo recibe un escribidor cuando logra que un lector lo lea hasta el final. Los pintores dicen que un cuadro está terminado cuando un espectador lo aprecia y valora. Lo mismo sucede en el campo de las letras. Si no le hacemos perder el tiempo al prójimo que nos lee, tanto mejor.
No ha sido mi empeño cambiar el mundo con mi ejercicio del periodismo, ni con mi ideas, que son comunes y silvestres. Son tan pocas que casi caben en una servilleta y sobra papel para secarme el sudor. Están al alcance de todos los bolsillos. Me he contentado con trabajar para divertir y mantener bien informados a los inquilinos de este mundo de tal forma que tengan elementos de juicio que les permitan interpretar a cabalidad nuestra descuadernada realidad.
Siguiendo el consejo de un gurú del periodismo, el polaco, Ryszard Kapuscinski, apenas estoy tratando de imitar a Herodoto, el historiador griego, quien entendió que “para comprender y descubrir el mundo, hace falta recoger gran cantidad de material y, para ello, uno tiene que salir de su tierra, viajar, conocer a personas que nos relaten sus historias. Nuestra escritura es el resultado de lo que hemos visto y de lo que nos ha contado la gente”.
AMNESIAS DE UN EMPIRICO
Instalado en la Todelar de finales de los años sesenta en Bogotá y con ropa de tierra caliente en la fría plaza capitalina, me dediqué a aprender el oficio que me ha servido para ganarme la vida y para “ganar la vida”, una expresión que tomo prestada del periodista y novelista argentino Tomás Eloy Martínez. (Si cito algunos autores, no es para posar de culto, ni mucho menos. La idea es compartirles algunos de mis autores preferidos para invitarlos a la lectura o relectura de su obra. No les harán perder el tiempo ni su carnal la platica).
Viéndolo bien, me correspondió estar en la transición entre los periodistas por vocación y los que lo son por vocación y por universidad. Me preguntarán cuáles eran o son mejores o peores. Yo diría que ni los unos ni los otros, ni todo lo contrario. Me amparo en la Biblia para admitir que de todo hay en la viña del Señor. El ideal es estar del lado de los buenos para no naufragar en este oficio en que el que también se da la selección de las especies.
Algunos autores no son muy benévolos con el periodismo. Balzac dijo que si el periodismo no existiera tampoco habría necesidad de inventarlo. Y un tal Irving Kristol, estudioso gringo de los medios de comunicación, citado por Juan Antonio Giner, profesor de periodismo de la Universidad de Navarra, dice del oficio periodístico que es una “actividad subdesarrollada”. Agrega que es baja la calidad intelectual de quienes optamos por este oficio. Agregaba nuestro verdugo Kristol que los estudiantes más brillantes no se meten a estudiar periodismo. De hecho, cuando yo dije en casa que iba a estudiar periodismo, se asustaron. ¿Y es que eso se estudia? ¿Eso con qué se come? ¿Y eso sí da plata? Se nos enloqueció el muchacho, debieron pensar mi papá y mi mamá. Pero me alcahuetiaron.
Sigamos con los críticos del periodismo porque es bueno que nos bajen de caña en lo que hacemos para tratar de enmendar yerros. No pocos ven en la prensa una casta elitista que se codea con los poderosos. Y si no se respeta a la prensa, se la teme. Y esta es una actividad para ser querido, no temido, suele decir un veterano periodista español, ex director de la agencia Efe, Luis María Ansón.
Es bueno y saludable meterse de vez en cuando su dosis personal de humildad para encarar una profesión que de pronto nos rebasa, deslumbrándonos. El hecho de estar codeándonos con los de arriba, nos va tornando prepotentes. Empezamos a mirar a los demás por encima del hombro. A decretarles las catartas, el olvido, a quienes formaron parte de nuestro entorno. Hasta nos creemos de una clase social aparte.
Para abundar en la crítica, cambiemos de país: el novelista soviético Alexander Solzhenitsyn advertía que hay superficialidad y precipitación en los informadores. A mi juicio, porque algo nuevo tengo que aportar, esta superficialidad está dada en buena parte por los bajos niveles culturales que tenemos los periodistas. De pronto vivimos la paradoja de que somos ignorantes que escribimos. De allí la importancia de la Universidad que nos brinda, o nos debe brindar, mínimos niveles culturales para desempeñarnos decorosamente. Lo digo yo que finalmente soy un tegua del oficio.
El periodismo es uno de los mejores vehículos para servir, como recomendaba el emperador Adriano a quienes ejercen el poder en alguna de sus formas. La información se ha convertido en servicio público como el agua y la luz. Tiene mucho de apostolado. No es para mejorar la hoja de vida y tutearnos de pronto con el poderoso de turno, que decidimos adoptar esta actividad. Tenemos el privilegio de ser invitados a los mejores sitios. Seguimos la historia desde el ring side. Pero a veces es engañera nuestra profesión: almorzamos en hoteles de cinco estrellas y llegamos en buseta a casita. Nos le enfrentamos a una langosta Thermidor y de pronto no tenemos para la aguapanela de nuestra familia.

Oscar Domínguez con su esposa Gloria Luz Duque
LA MADUREZ DE LOS LECTORES
Hay los lectores han llegado a su madurez y reclaman de los profesionales del periodismo el cumplimiento de su deber de informar de acuerdo con las exigencias de la sociedad. Para no quedarme con el crédito, lo que acabo de leer es de la paternidad responsable del profesor Giner, citado antes. Y como lo anota al principio, cada vez tienen más presencia en las páginas de opinión de los diarios. El periodismo es algo demasiado serio para dejárselo solo a los periodistas.
Encadenemos estos conceptos con otro que me parece válido y que pertenece a un estudio elaborado por una comisión sobre libertad de prensa. Decía la tal conclusión, hablando de la responsabilidad social que nos compete: el periodismo no se puede limitar a transmitir hechos y opiniones como pontificaba la teoría de la objetividad. Es necesario ofrecer al público el contexto de las noticias, explicar su significado y trascender el hecho en sí, mondo y lirondo. Nos corresponde dar herramientas para ayudar a interpretar el entorno histórico de este mundo que nos tocó en reparto. Eso se va logrando no por ósmosis, sino trabajando, estudiando.
Los tratadistas llaman a estos comentarios – que ya habia anticipado el historiador Herodoto- la teoría del iceberg: no basta con mostrar la parte visible de un acontecimiento, ni dejarse engañar por las apariencias. Hay que investigar a fondo, decir toda la verdad y no limitarse al simple contraste de opiniones. El lector necesita algo más que las versiones contrapuestas de las partes. El periodista es depositario del derecho a la información y, como tal, tiene el deber de informar. Esto es, descifrar la realidad, no contentarse con reflejar lo que se dice, a la manera de simples ventrílocuos de los hechos.
Cabe recordar aquí lo dicho por la escritora Margarita Yourcenar, cuando respondió a la pregunta sobre qué se les debe decir a los hombres: “Ante todo, la verdad sobre todos los temas. La obligación de decir o de hacer con toda veracidad atañe a todos: desde el periodista, pagado para transmitir una verdad de actualidad, hasta el poeta que tiene la misión de expresar una verdad eterna”.
Leer, leer, leer, escribir, escribir, escribir, es la receta. Leer mucha poesía, mucha literatura para poder contar mejor lo que sucede. Lo dice el ya citado Kapuszinki, reputado como “el mejor reportero del mundo” y cuya lectura no vacilo en recomendarles: “Yo no soy esencialmente poeta, dice el polaco, pero utilizo la poesía como ejercicio lingüístico; la poesía es irrenunciable para mí. Requiere una concentración lingüística extrema, y eso beneficia a la prosa. Cuando me pongo a escribir, tengo que encontrar un ritmo. En cuanto he encontrado el ritmo de la frase, todo fluye… Así confiero a la prosa una dimensión poética. La poesía tiene una gran densidad, por lo que la prosa poética no puede abarcar demasiadas páginas”.
PERIODISMO Y LITERATURA
Les tengo la buena noticia de que empiezo a terminar este ladrillo que va para largo… Confieso que he vivido, pero confieso también que me he sentido tan cómodo y he estado tan ocupado en el periodismo que no me ha quedado tiempo de convertirme en escritor. Además, no se trata de acostarse uno aliviado y despertarse convertido en escritor. No, el asunto es con obra, y yo no la tengo.
Andan por ahí publicados tres libros míos, reciclados de mis columnas para El Colombiano donde aparezco los jueves ejerciendo como cuartacolumnista. Esos tres libros están agotados porque los regalé. Soy best seller de libros regalados. Pero pocón de una obra original que me eleve a la dignidad de los altares del escritor.
Familiares y amigos de pronto me preguntan cuándo voy a “cometer” novela o cuentos, que parece ser lo que lo gradúa a uno como integrante de las grandes ligas de la literatura. Como la solicitud es reiterada les estoy diciendo que ya tengo el título: “El hombre que NO escribía novelas”. Ni una sílaba más llevo adelantada. En este momento, creo que estoy hecho para las distancias cortas desde el punto de vista de la escritura, no por el gran aliento del novelista. Mientras digo esto miro con el rabillo del ojo a autores como Frank Mc Court, el de Las Cenizas de Angela, que empezaron a escribir novelas cuando eran miembros muy avanzado de la tercea edad…
Para mi tranquilidad, del repaso de algunos de los autores que he mencionado, se desprende el eterno parentesco entre periodismo y literatura: Borges, García Márquez, Tomás Eloy, Kapuszinki, el propio Fernando González se han lucido en ambos oficios. Más recientemente, han probado suerte en la novela periodistas de todas las horas como Juan José Hoyos, Héctor Abad, Castro Caicedo, Daniel Samper. Y faltan datos de muchísimos municipios. También se ha dado el caso contrario: poetas o literatos que se han volcado al periodismo y lo han hecho mejor que quienes nos proclamamos periodistas con o sin tarjeta. Nadie se atrevería a discutir las calidades periodísticas de un Gonzalo Arango y sus pupilos. Como poetas, los nadaístas siempre me han parecido muy buenos periodistas.
Estos oficios paralelos – el periodismo y la literatura – están próximos como el punto sobre la i, se complementan como la ribera que espera la llegada de ola, viven en matrimonio indisoluble como el pájaro y su hábitat, el cielo. Periodismo y literatura son como esos buenos vecinos que se prestan la sal, el azúcar, el chocolate, los huevos.
Y tienen sus diferencias. Mencionaré solo dos así me vuelva a graduar como discípulo aventajado de Perogrullo, el filósofo de lo obvio: Una diferencia es de la de que el periodismo tiene como materia prima la realidad que tantas veces supera a la ficción, algo que he leído hasta en revistas viejas de peluquería. La novela tiene otros ingredientes. O tenía: porque cada día se nutre más de la realidad. Otra diferencia entre ambos géneros: un periodista tiene un minuto para escoger un verbo o un adjetivo: un poeta, un novelista, se puede tomar una hora, un día, un semestre para lo mismo.
García Márquez ha dicho en diversos escenarios que las herramientas del periodismo le han servido para afinar su condición de novelista. Lo mismo dirán los cabrerainfante, los vargasllosa, los carlosfuentes.
Lo cierto es que mientras más se escribe, más dificultades se encuentran para hacerlo mejor. Y ese, paradójicamente, es uno de los encantos de este oficio de garrapatear cuartillas. Por eso me ha parecido que el periodismo es siempre punto de partida, no de llegada, en la medida en que siempre se estará aprendiendo, explorando. Aprender más de lo que supuestamente uno sabe, en cualquier profesión, es una de las formas de la ética.
Caigo en la tentación de ponerle papel carbón a estas reflexiones del gringo Truman Capote: “… un día empecé a escribir –dice mister Truman- sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado…”. Y agrega: “Dejé de divertirme cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil, pero feroz”. En mayor o menor medida todos hemos padecido lo que describe Mr. Capote.
Y a riesgo de que este texto se me convierta en una casa de citas, no resisto mencionar lo que dice Norman Sims, en un prólogo a su libro “Los periodistas literarios”. Dice el señor Sims: “Al contrario de los novelistas, los periodistas literarios deben ser exactos. A los personajes del periodismo literario se les debe dar vida en el papel, exactamente como en las novelas, pero sus sensaciones y momentos dramáticos tienen un poder especial porque sabemos que sus historias son verdaderas”. Aquí aquí el gringo Sims.
En fin, es suficientemente exigente el periodismo como para lamentar no ser escritor en la acepción tradicional.
Me siento que como si hubiera estado haciendo campaña ante ustedes para que se matriculen en el periodismo. No me pongo bravo si logro reclutar para la causa algunos buenos reporteros o reporteras. O si he dado bien el mensaje de que más que escribir, es importante y grato ser un buen lector. Ya que no es fácil convertirse en gran maestro del ajedrez, no está mal disponer de las herramientas necesarias para disfrutar de la reconstrucción de una buena partida. Borges decía que preferíría ser recordado por lo que leyó más que por lo que escribió.
Después de haber cubierto como reportero de prensa, radio y televisión, desde la corrida de un catre hasta la entrega del Nobel a García Márquez, en Estocolmo, ahora me dedico desde mi columna en El Colombiano, en algunos diarios regionales, y en algunos portales de internet que es el periódico de los que no tienen periódico, a mirar la vida desde la perspectiva del humor, una de las formas de la esperanza.
Espero que la primaria en periodismo que hice durante 13 años viviendo en Envigado me ayude a mejorar en mi oficio. Si he logrado demostrar que no soy envigadeño pero que me pasó raspando, y que no soy escritor pero que doy pasitos todos los días, yo bajaré tranquilo de esta tribuna… Muchas gracias…
*Periodista, escritor, ajedrecista y amigo.

