Juicios

EnviGabo: Gabriel García Márquez y Envigado

Alfredo Vanegas Montoya* En portada, Gabo y Alfredo Vanegas Montoya

Iniciamos el Centenario del nacimiento de un Genio Colombiano de las letras. Aracataca, Marzo 6 de 1927 . Celebramos, también, 80 años del Centro de Historia de Envigado. 1946 – 2026

El Nobel de Literatura colombiano mencionó con gentil sutileza a Envigado en su autobiografía «Vivir para Contarla» y en la novela «El Amor en los Tiempos del Cólera» sin duda porque en el Colegio de La Presentación de la Ciudad Señorial, estuvo interna cursando el bachillerato, Mercedes Barcha Pardo, su esposa e inspiradora, cuya fuga del colegio y posible matrimonio fueron preparados por un amigo y a Gabo «le remuerde la fuerza de no haber tenido arrestos para vivir aquel drama de folletín». 

El viaje de trabajo como periodista de El Espectador para cubrir la tragedia de Media Luna ocurrida en Medellín en Julio de 1954 donde perdieron la vida más de 70 personas lo registró así:

Vivir para contarla:

«Hasta entonces, lo único que el mundo entero sabía de Medellín era que allí había muerto Carlos Gardel, carbonizado en una catástrofe aérea. Yo sabía que era una tierra de grandes escritores y poetas, y que allí estaba el colegio de la Presentación donde Mercedes Barcha había empezado a estudiar aquel año. Ante una misión tan delirante, ya no me parecía nada irreal reconstruir pieza por pieza la hecatombe de una montaña. Así que aterricé en Medellín a las once de la mañana, con una tormenta tan pavorosa que alcancé a hacerme la ilusión de ser la última víctima del derrumbe.

Dejé la maleta en el hotel Nutibara con ropa para dos días y una corbata de emergencia, y me eché a la calle, en una ciudad idílica todavía encapotada por los saldos de la borrasca.

Sin embargo, mi mejor recuerdo de aquellos días no es lo que hice sino lo que estuve a punto de hacer, gracias a la imaginación delirante de mi viejo compinche de Barranquilla, Orlando Rivera, Figurita, a quien me encontré de manos a boca en uno de los pocos respiros de la investigación. Vivía en Medellín desde hacía unos meses, y era feliz recién casado con Sol Santamaría, una monja encantadora y de espíritu libre que él había ayudado a salir de un convento de clausura después de siete años de pobreza, obediencia y castidad. En una borrachera de las nuestras, Figurita me reveló que había preparado con su esposa y por su cuenta y riesgo un plan magistral para sacar a Mercedes Barcha de su internado. Un párroco amigo, famoso por sus artes de casamentero, estaría listo para casarnos a cualquier hora. La única condición, por supuesto, era que Mercedes estuviera de acuerdo, pero no encontramos el modo de consultarlo con ella dentro de las cuatro paredes de su cautiverio. Hoy más que nunca me remuerde la furia de no haber tenido arrestos para vivir aquel drama de folletín. Mercedes, por su parte, no se enteró del plan hasta cincuenta y tantos años después, cuando lo leyó en los borradores de este libro». 

Esta es la Matrícula de Mercedes Barcha Pardo como alumna del Colegio de La Presentación de Envigado en 1949. El documento fue obtenido por el Presidente del Centro de Historia de Envigado Alfredo Vanegas Montoya y pertenece al Colegio de La Presentación de Envigado, Antioquia, Colombia.

El amor en los tiempos del cólera:

«Al octavo día el buque navegó a duras penas por un estrecho turbulento encajonado entre cantiles de mármol, y después del almuerzo amarró en Puerto Nare. Allí debían quedarse los pasajeros que seguirían el viaje hacia el interior de la provincia de Antioquia, una de las más afectadas por la nueva guerra civil. El puerto estaba formado por media docena de chozas de palma y una bodega de madera con techo de cinc, y estaba protegido por varias patrullas de soldados descalzos y mal armados, porque se tenían noticias de un plan de los insurrectos para saquear los buques. Detrás de las casas se alzaba hasta el cielo un promontorio de montañas agrestes con una cornisa de herradura tallada a la orilla del precipicio. Nadie durmió tranquilo a bordo, pero el ataque no se produjo durante la noche, y el puerto amaneció transformado en una feria dominical, con indios que vendían amuletos de tagua y bebedizos de amor, en medio de las recuas preparadas para emprender el ascenso de seis días hasta las selvas de orquídeas de la cordillera central. 

Florentino Ariza se había entretenido viendo el descargue del buque a lomo de negro, había visto bajar los guacales de loza china, los pianos de cola para las solteras de Envigado, y sólo advirtió demasiado tarde que entre los pasajeros que se quedaban estaba el grupo de Rosalba. Las vio cuando ya iban montadas de medio lado, con botas de amazonas y sombrillas de colores ecuatoriales, y entonces dio el paso que no se había atrevido a dar en los días anteriores: le hizo a Rosalba un adiós con la mano, y las tres le contestaron del mismo modo, con una familiaridad que le dolió en las entrañas por su audacia tardía. Las vio dar la vuelta por detrás de la bodega, seguidas por las mulas cargadas con los baúles, las cajas de sombreros y la jaula del niño, y poco después las vio trepando como una fila de hormiguitas arrieras al borde del abismo, y desaparecieron de su vida. Entonces se sintió solo en el mundo, y el recuerdo de Fermina Daza, que había permanecido al acecho en los últimos días, le asestó el zarpazo mortal.

Así que el Nueva Fidelidad zarpó al amanecer del día siguiente, sin carga ni pasajeros, y con la bandera amarilla del cólera flotando de júbilo en el asta mayor. Al atardecer recogieron en Puerto Nare una mujer más alta y robusta que el capitán, de una belleza descomunal, a la cual sólo le faltaba la barba para ser contratada en un circo. Se llamaba Zenaida Neves, pero el capitán la llamaba Mi Energúmena: una antigua amiga suya, a la que solía recoger en un puerto para dejarla en otro, y que subió a bordo perseguida por el ventarrón de la dicha. En aquel moridero triste, donde Florentino Ariza revivió las nostalgias de Rosalba cuando vio el tren de Envigado subiendo a duras penas por la antigua cornisa de mulas, se desplomó un aguacero amazónico que había de seguir con muy pocas pausas por el resto del viaje. Pero a nadie le importó: la fiesta navegante tenía su techo propio. Aquella noche, como una contribución personal a la parranda, Fermina Daza bajó a las cocinas, entre las ovaciones de la tripulación, y preparó para todos un plato inventado que Florentino Ariza bautizó para él: berenjenas al amor».

Gabo con su esposa Mercedes Barcha